Dignidad humana

20.9.04

Olga Bejano, enferma incurable que lleva 17 años inmóvil: "Tirar la toalla es lo más fácil"

Olga Bejano es una enferma incurable de Logroño que lleva 17 años inmóvil en una silla de ruedas. Se escribió con Ramón Sampedro y le animó a luchar por una vida independiente

Julián Méndez (ABC, Logroño).- Cuando entras en su habitación, Olga Bejano Domínguez te recibe agitando varias veces una campana de plata anudada a su tobillo izquierdo. «Os está saludando», explica Belinda Bárcenas, su contacto con el mundo exterior. Olga está sentada en una silla de ruedas, de espaldas a una terraza con macetas desde la que se ven los árboles de un parque próximo. Está conectada a un respirador que, rítmica, mecánicamente, llena de aire sus pulmones. Un zumbido y una exhalación. Belinda nos indica una silla. Una vez sentados, con gran delicadeza, la enfermera le levanta el párpado del ojo derecho para que Olga pueda ver a los visitantes. Ha perdido la movilidad de todo su cuerpo. «Encantada, tú eres Julián». Su ojo es de un verde intenso.

Para comunicarse, Olga escribe. Escribe en un alfabeto propio que sólo Belinda es capaz de comprender y traducir a palabras. Olga usa dos dedos de su mano derecha entre los que aprieta un rotulador Edding 1200 negro. Sus trazos son rápidos. Su cabeza está despierta y abierta a todo. «Tengo 41 años, estoy paralizada de la cabeza a los pies, apenas veo, no puedo hablar. Me alimento y respiro de manera artificial. Padezco una enfermedad neuromuscular grave, degenerativa, desconocida y sin tratamiento, producida al parecer por un componente, el curare, que se utilizaba en las anestesias en los años 70». Con 13 años, a Olga la operaron de apendicitis. Antes, señala, fue una niña sana, inteligente, guapa, deportista y muy creativa, con facilidad para cantar, bailar, dibujar y escribir.

También se recuerda «presumida y testaruda». Tanto que entró al quirófano por su propio pie. Pero tardó 8 horas en despertar. La llamaban «la bella durmiente». «De las bromas pasaron a las lágrimas cuando al despertar dejé de ser una niña sana. Mi voz era como de catarro, me pesaba la lengua y al beber se me salían los líquidos por la nariz. Si me cansaba veía doble», dice. Pese a todo, trató de hacer una vida normal cuando no estaba ingresada. La examinaron en Logroño, pasó seis años en la Clínica Universitaria de Navarra... Luego, un rosario de hospitales.

Entretanto estudió Decoración, se hizo fotógrafa profesional en Madrid, encontró trabajo... Pero el 27 de mayo de 1987 se le paralizó la glotis, se asfixió y estuvo seis minutos clínicamente muerta. Pasó cinco días en coma. A los tres meses tuvo una recaída. «La vida se me rompió a los 23 años. Había viajado, ligado y empezaba a trabajar... Estaba muy enamorada y tuve que romper esa relación, no quería que mi enfermedad salpicara a otros». Olga pide a Belinda que le seque una lágrima. Como no puede parpadear tiene úlceras.

—Habría personas en su situación que no desearían vivir...
—Tirar la toalla es lo fácil.

—¿Por qué sigue viva?
—Sigo viviendo porque creo que yo no soy quién para decidir mi día y mi hora. Pero respeto y entiendo a los que no quieren vivir. No impondré mis ideas ni mis principios a nadie. Para mí, la libertad y el respeto a los demás es lo primero.

—Cuenta que nació en Madrid, que su madre fue compañera de parto de Lola Flores y que usted compartió nido con Rosario. También ha dicho que a las 24 horas tuvo su primera regla y que hay personas que creen que eso es un indicio de vida muy especial...
—No sé si es leyenda o ciencia. Lo que sí sé es que en mi vida está siendo una realidad.

—¿Y no se ha preguntado por qué?
—Al principio, muchas veces. Pero ahora, al ver que mi vida está dando tantos frutos ya no me lo pregunto. La gente me da la respuesta todos los días con sus llamadas, cartas y visitas.

Olga Bejano ha escrito dos libros, «Voz de papel» y «Alma de color salmón», de los que se han vendido 18.000 ejemplares. Lleva 8 capítulos de una tercera obra que, pacientemente, Belinda pasa al ordenador. En esta casa junto a la entrada de Logroño la vida adquiere otro ritmo, otro sentido. Esta habitación es la casa de Olga. Dentro manda ella. «Si a alguien no le gusta, se va. Aquí —dice su madre, Mari Carmen, una vigorosa navarra— hemos perdido la vergüenza, hemos aprendido a valorar lo que tiene auténtico valor», señala. «Mamá, dile si mi vida es fructífera», escribe Olga. Mari Carmen asiente. Por la casa han pasado cientos de personas (Nacho Cano, Pitita Ridruejo, El Juli...). Sus amigos tienen una página: http://groups.msn.com/colorsalmon.


—Apenas duerme cuatro horas cada noche... ¿Recuerda sus sueños?
—Mejor no recordarlos. Suelo tener sueños premonitorios y no me fallan.

—Su padre, Juan Manuel, murió hace poco...
—Sí. El día en que cumplí 40 años le dio un infarto. Estuvo mes y medio en coma y falleció el 17 de diciembre de 2003. Le echo muchísimo de menos. Era todo para mí. Padre, amigo, cómplice, enfermero... Valía por dos. Ahora mi madre y Belinda tienen que hacerlo todo. Yo soy paciente de UCI, pero no me pueden ingresar porque allí moriría de una infección y no tendría a nadie que me ayudara a expresarme. Lucho por vivir en mi casa, pero con ayuda.

—¿No piensa en cómo habría podido ser su vida?
—Tengo seis amigas desde los 13 años. Tuve una temporada, cuando empezaron a casarse y a tener hijos, que sentía mucho dolor. Pero si le soy sincera creo que ahora soy más feliz que ellas. No tengo problemas de trabajo, ni de marido, ni de hijos, ni de suegras. Me he casado con el mejor hombre del mundo, nunca va a ser alcohólico, ni infiel, ni nada malo. Lloro a solas, por la noche, no quiero hacer sufrir a nadie.

—¿Y cómo hace para no pensar, para no añorar otra existencia?
—Hay que ser fuerte para no recordar o desear. Reconozco que tengo mucha fuerza psíquica y mucho aguante.

—Dígame su secreto.
—Mire, yo me despierto y cuando siento los dolores o la fiebre, en vez de llorar me tomo algo y hago ejercicios mentales para separar mi cuerpo de mi alma. Cuando llega la enfermera por la mañana, le digo: «¡Venga, corre, aséame que tengo que hacer esto y lo otro!». Mientras estoy con ella no paro de hacer cosas. Caigo en la cama tan cansada que no puedo ni pensar. Hago mucha oración y mucha meditación.
Olga está cansada. Belinda le da la medicación (toma morfina desde hace 3 años) y, luego, la tumba en la cama