Dignidad humana

10.9.04

El lío de la picha

Estamos tontos desde la Ilustración. Nos ponen delante un señor atractivo e inteligente que quiere morirse y nos desconcertamos. No sabemos qué decir. A lo más que llegamos es a un discurso individualista del tipo cada-uno-con-su vida-lo-que-quiera. Se va a morir el tipo, o se va a matar, o lo van a matar, y a lo único que llega el hombre contemporáneo es a lo de Pilatos. Es más, revestimos la indiferencia de caridad, para proclamarnos incapaces de juzgar a quienes quieren morir. Qué clementes. Qué buenos. Qué tolerantes. Una mierda. Una mierda de sociedad es ésta en la que, a poco que una se descuide y la depresión se le dispare y se le junte con un cáncer o una lesión medular, el propio marido, el hijo o el amante te compran un billete a Holanda o a Suiza en nombre de la dignidad. Es una paradoja (o a lo mejor no) que una época hedonista vea en la muerte un bien. La muerte es un asco y yo creo que estaban mejor de la azotea los que hace unos siglos movían el trasero para cerrar la ventana por la que el vecino pretendía tirarse. No eran menos tolerantes. Sencillamente, les importaba más el vecino. El espesor cultural de nuestra época es el del hilo de coser. No me refiero a leer muchos libros, sino a la cultura del señor que sabía que un hombre es un hombre; un campo, el pan, y el sol sale por el Este. El tipo que tenía certezas buenas sobre la realidad. En esa época cualquier paleto, sin leer a Aristóteles, sabía que el Ser es mejor que el No Ser. Y que el Ser tiende por naturaleza a perpetuarse, sea gato, lagartija u hombre. Por eso nos rebelamos ante la muerte. Por eso sabemos que es injusta. Puedes tener toda la fe del mundo, puedes conocer el sentido del cielo y de la tierra, y sin embargo la muerte de tu padre o de tu madre te hace polvo. Y tu propia muerte te repugna. Estamos hechos para la vida. Una certeza tan simple vale más que todo el éxito, todo el poder y todo el oro del mundo. Entre otras cosas porque te da fuerza para gastarte sin racanear millones de euros en cuidados paliativos, para que no sufra el que tiene la desgracia de agonizar; millones en los tetrapléjicos, para que puedan estudiar, trasladarse, ver cine, escribir, viajar y, gracias a todo eso, recuperar el amor a la vida. Porque te hace apretar los dientes y aguantar tu propio dolor ante el ser querido que se va, para que conserve el valor, para que sepa, mientras se muere, que la vida es un bien, que tú lo sabes, y que esa certeza misteriosa no nos lo puede arrancar nadie, ni la muerte. El hombre un ser depositado entre miríadas de estrellas es un universo ignoto, pero lleva esa luz en la frente. Esa extraña convicción que se llama también verdad. ¿Y qué no puede existir si la verdad existe? Hemos perdido esa sabiduría pequeña e inmensa y ahora andamos discutiendo si un niño tiene «derecho» a la eutanasia o no. Y si sus padres deben o no opinar (ya saben que es la noticia en Bélgica esta semana). Sencillamente, nos hemos hecho la picha un lío.

Cristina López Schlichting. La Razón.