Dignidad humana

1.8.04

En el nombre del niño

Al iniciar una excursión por la Pedriza, cerca de Madrid, observé por la mañana a un hombre con cara de funcionario malhumorado, torrado, “enpanado”, y, además, enfundado en un chandar gris. Pensé que ese hombre hacía muy bien en venir al campo en tan lamentable situación. Al regresar a media tarde de la caminata volví a ver al mismo tipo transmutado. Su cara era la de un gordo feliz, su mirada se erguía hacia el cielo y sus brazos elevados sostenían al pocholo que debía ser su hijo. Existen otras historias más apasionantes; por ejemplo una que corre por tradición oral sucedió en un zoológico. El guardador de la fosa de los cocodrilos vio con horror como su hija pequeña se desequilibraba y caía dentro del lugar de los animales. Un reptil se acercó a la niña. El padre se tiró encima del lagarto y le arrancó los ojos con un cuchillo, logrando salvar a su hija; desde luego si no fuera cierto el suceso merece contarse como tal. Lo que está claro es que cualquier tragaldabas, hecho uno con el sofá delante del televisor, se transforma en alguien muy superior a Spiderman ante una llamada que alerta del peligro en que se encuentra uno de sus hijos.

Todo esto me recuerda a una idea de la película “Mejor imposible”: los amores verdaderos son los que nos hacen mejores personas. El amor generoso a los hijos es lo que más nos engrandece. Una familia con muchos hijos es un inmenso bollo, algo incómodo que aparentemente va más allá de nuestras fuerzas y, sin embargo, es casi lo único que colma de felicidad a los seres humanos.

Si no se es su madre o padre no es fácil sentirse cómodo delante de la mirada de un bebé; se trata de un espejo de nuestra propia inocencia, de una suerte de absoluto que reclama de nosotros el hacer expresiones de verdadero cariño y ternura demostrando con frecuencia que no andamos muy sobrados de éstas cualidades. Por esto el cristianismo hizo de la defensa del niño uno de sus estandartes; porque, como otros credos, entendió que debía proteger a los máximamente indefensos.

Los niños, cuando comienzan a andar, frecuentemente se desestabilizan por el volumen de su cabeza en una especie de efecto peonza. Quizás esto se puede interpretar como un símbolo de su intelectualidad, de su posicionamiento feliz ante el mundo.Una sociedad llena de niños es una sociedad sabia, una sociedad de servicio y familia, un mundo de personas mejores. El planteamiento antinatalista de turno, quizás no muy convencido de que merece la pena vivir, hablará ahora de las hambrunas de los niños de países atrasados e irresponsables. Atrapado por su noción de calidad de vida y absolutamente ignorante del concepto de vida de calidad no llega a ver más allá. Pese a ser capitalista, aunque deprimido, no se da cuenta de que el mayor capital de un pueblo son sus hijos y la expansión de sus capacidades. Es incapaz de concebir un plan creíble de desarrollo nacional e internacional que venza tan flagrantes injusticias. Y no cree en este desarrollo porque, en el fondo, no cree en el hombre.

Cuando en las sociedades cavernícolas de nuestro mundo tecnificado las clínicas abortistas hacen fabulosos negocios con la cobardía, inmadurez o apuro de mujeres turbadas algo serio hay que hacer. Cuando las clínicas de fertilidad acumulan embriones sobrantes congelados que, si les dejaran vivir, podrían estar montando en patinete dentro de tres años, se debe reinventar la cultura humana. Desengañémonos: no se trata de juzgar a nadie pero si a actos de llamativa extensión y de nula humanidad. Los enfoques que con celofanes de colores envuelven a millares de niños muertos son propios de hienas, no de hombres.

¿Creen ustedes que si las personas que abortan vieran a sus hijos corriendo con una sonrisa y los brazos abiertos hacia ellas lo harían? Pues hagamos que vean esta verdad con el ejemplo, con la oración o la meditación, con la cultura, con la participación ciudadana, con el derecho -tan innoblemente ignorado en estas cuestiones-, con la esperanza de los que son verdaderamente humanos.

José Ignacio Moreno Iturralde.