Dignidad humana

6.8.04

Chesterton, aquel gordo feliz

Gilbert K. Chesterton nos ha enseñado a muchos a disfrutar más de la vida porque encontró verdaderos motivos para hacerlo. No le faltaron dificultades: sospecho que su gran ilusión hubiera sido crear una familia numerosa, pero Frances –su mujer-, cuyo mayor sueño “hubiera sido tener siete hijos preciosos”, no pudo tener ninguno. Gilbert, en la escuela, era un chico retraído, callado, y se planteaba la enseñanza de sus profesores de un modo demoledor: “un señor que no conozco me enseña una cosa que no quiero”. Para hacer justicia a los docentes completaré la frase con una idea de un amigo “…que no quiero aprender”. Pues bien: aquél muchachote profundo, silencioso, llegó a ser una de los más grandiosos charlatanes de todos los tiempos. Hablaba de la infancia como de “cien ventanales abiertos” y describía la calle de su niñez diciendo que “toda la calle era feliz”.

Polemizaba incansablemente con su hermano porque le quería y discutió hasta el paroxismo con Bernard Shaw –paladín de la ortodoxia socialista- porque le respetaba. Discutio con medio mundo pero sobre todo lo hizo consigo mismo.

Chesterton encontró el truco para reírse a carcajadas de la vida y no fue una ocurrencia escéptica o amarga: sencillamente se dio cuenta de que el mundo era una paradoja o, lo que es lo mismo, que estaba al revés. Vio con nitidez la superioridad del niño sobre el hombre, de la inocencia sobre el orgullo, de la luz sobre la oscuridad. Optó por una sabia ingenuidad conocedora de muchas de las aberraciones humanas y de su corto alcance; y esa sabiduría fue la gratitud. Dedujo que si nuestro estado habitual no era el de la alegría no era por falta de motivos sino por una extraña deformidad espiritual común. Se dio perfecta cuenta de la inconsistencia y mutilación del mundo por si mismo pero, al ser inteligente, remitió su mirada a aquello que lo complementa y enaltece, huyendo de la morbosa paletada de rebozarse en las desgracias.

Con una visión de futuro más que notable aseveró que el peligro de la familia no estaba en Moscú sino en Manhattan. En tiempos del comienzo del auge de Hitler miró más allá y dijo que el gran problema que nos iba a invadir era la chabacanería. Descubrió extrañas complicidades entre sistemas opuestos; así afirmó que el enemigo común del socialismo duro y del capitalismo salvaje era la familia. Entendió la familia como un lugar incómodo, revigorizante, creativo –con una creatividad interior-, como el reino de la libertad frente a la opresión de la dictadura o la explotación del mercantilismo.

Abrazó la fe católica a los cuarenta y ocho años por un motivo básico: “Era la única que aseguraba el perdón de mis pecados”. Sintió en este momento una emancipación mental, una nueva panorámica abierta. Su conversión al cristianismo, después de muchas búsquedas y etapas espirituales, le hizo
comprender que el mundo era como la casa de su padre, donde realizó una de las tareas más importantes de su vida: hacer teatrillos de guiñol; es decir: disfrutar creando. Entendió la Cruz de Cristo como el baluarte de las alegrías humanas porque supo ver en ella el árbol de la vida.

Luchó pacíficamente por la justicia social y habló de una distribución audaz de la riqueza. Empedernido demócrta, puso sin compasión el dedo en las purulentas llagas de las oligarquías capitalistas. En una ocasión al ver rapar la melena pelirroja de una niña pobre, por temor a infección en un colegio estatal inglés, reventó de rabia y quiso prender fuego con esa cabellera a la moderna civilización industrial que hacía algo que sólo una madre estaba autorizada a hacer.

Chesterton murió en 1936. Ahora, la embestida contra la familia y la dignidad humana es mayor que entonces. Las condiciones infrahumanas de gran parte de la humanidad en el albor del siblo XXI, la barbarie del aborto –considerada políticamente correcta-, y el encumbramiento de la necedad en amplios sectores de la comunicación no pintan un panorama muy consolador.

Hacen falta nuevos Chesterton que sepan reírse del mundo, amándolo apasionadamente y tengan el suficiente coraje para batirse el cobre por una mejora de la humanidad; es decir: del vecino. Chesterton acertó por su mente clarividente pero también por un corazón privilegiado que supo ver con diamantina nitidez que “la vida es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su Autor”.

José Ignacio Moreno Iturralde.