Dignidad humana

27.7.04

Feminismo a ultranza

Es preciso educar la mirada para contemplar la condición femenina. La feminidad tiene que ser apreciada por si misma. La feminidad es escucha, acogida; puede ser una ráfaga de alegría o un amanecer de contento. La feminidad es orden, comprensión, economía tan exigente que puede prodigar con frecuencia extraordinarios. La feminidad es temperamento, es un dulce darse con voluntad indómita y enamorada. Se trata de una genial ingenuidad porque la condición femenina es sencilla en su raíz. Su madurez radica en su realismo y como es realista tiene buen humor.

La mujer es la tierra madre; el humus de todas las patrias, el corazón de casi todos los hombres, la causa de muchas banderas. La condición femenina es reina y señora porque reina sirviendo; de ahí surge su fortaleza vital, su posicionamiento firme en la vida, su ser fuente de alegría, su descomplicación.

La mujer ama más porque su visión es intuitiva, nuclear, detecta a la legua al que ama y al que sólo desea. La mujer es especialmente apta para amar, para darse, y el amor es imprevisible. Por esto la condición femenina se bandea con soltura en el oleaje de la vida, las coge al vuelo, las ve venir… y, si son para bien, no las deja pasar.

La feminidad es colores en la merienda, arte en la tarta de cumpleaños, perfume tenue en la ropa lavada, inteligencia preclara en la dirección de empresa, tesón y esfuerzo en el estudio universitario, serenidad en el trabajo, mirada coqueta que rompe el corazón del hombre.

La envidia, la ostentación, el orgullo…son serpientes que la muerden, pero frecuentemente con poca eficacia porque en su sangre está el antídoto de la generosidad. Otra es la epidemia verdaderamente grave que asola ahora la feminidad: el progresivo corrompimiento de su identidad. No se trata sólo del burdo, ciego y pandémico afán de pretender reducir su ser mujer a ser hembra, sino de algo más sutil: hacerla creer que su dignidad radica exclusivamente en su libertad y autonomía… Éste es el terreno abonado para su infecundidad biológica, “artística” y personal.

Hemos de salvar la identidad de la mujer de hoy para salvar a la humanidad de la idiotez y del abatimiento. Este empeño impulsa, cómo no, tantas buenas conquistas sociales que la mujer ha logrado; pero no debe permanecer en un silencio suicida ante la falta de respeto a la condición femenina. Quienes se saben más hombres pensando en su madre me entenderán. Quienes hayan visto vivir y morir con alegría a la mujer de su vida suscribirán estas frases escribiéndolas mucho mejor, haciéndolas eternas.

José Ignacio Moreno Iturralde